TXP 3 EL BARRIO ES NUESTRO

EL BARRIO ES NUESTRO

                En la década de los sesenta del siglo pasado se produjo una actividad intensa de creación de nuevas zonas residenciales en muchas de nuestras ciudades. La emigración interna hacia las ciudades de mayores dimensiones provocó la necesidad de construir viviendas a un ritmo especialmente intenso. Pero en aquel tiempo se desarrolló un doble proceso. Por un lado la administración intensificó la actividad de construcción de viviendas de promoción pública de precios baratos para permitir el alojamiento de los nuevos inquilinos. Se diseñan nuevas barriadas que acogen estas nuevas poblaciones que llegan a los barrios con la conciencia de estar ocupando parte de la ciudad. Esta conciencia de nuevos  inquilinos en zonas residenciales, ciudades dormitorios donde los servicios generales eran escasos, genera una voluntad de unión y de compartir el proyecto de ciudad que se estaba produciendo en esos momentos. Los colectivos ciudadanos crean sus asociaciones de vecinos que tienen los mismos problemas y que inician una intensa actividad reivindicativa en la demanda de servicios comunes esenciales. Las manifestaciones vecinales reclaman equipamientos tan sencillos como escuelas, centros de salud o dotaciones de zonas verdes. Numerosos barrios, especialmente de las grandes ciudades, ven surgir un movimiento asociativo que adquiere fuerza por el número de personas implicadas y por la evidencia de sus reclamaciones.

 

El movimiento cooperativo.

            Junto a ello se desarrolló un importante movimiento cooperativo, de colectivos que desde ideologías y planteamientos muy diferentes se unían para conseguir una vivienda a precios razonables, con fórmulas de autogestión. En la Cooperativa Prado Jordán en la que trabajé durante dos años se construyeron 200 viviendas, aparcamientos y una gran zona verde en la zona de Carabanchel Alto. Los vecinos compraron por 200 millones de la época (1 millón por vecino) una amplia superficie de suelo de la que el 90% se destinó a zona verde y el resto a construir sus viviendas.

            Viviendas         que, con noventa metros cuadrados útiles, tenían un coste final para cada cooperativista de cinco millones de pesetas. Es decir por 36.000 euros se convertían en propietarios del suelo y de una vivienda, con aparcamiento y parte de locales comerciales junto a una zona verde de más de noventa hectáreas que el ayuntamiento urbanizaba y ordenaba como gran equipamiento de la zona. Este proceso se repetía en numerosos lugares de nuestro país generando una clara conciencia de pertenencia a un colectivo que había gestionado la ciudad, su propia residencia y sus equipamientos, en una actividad compartida entre todos. A partir de ahí la conciencia de propiedad común, de responsabilidad colectiva era algo natural. Las asociaciones de vecinos, los colectivos ciudadanos se agrupaban con la idea de que la ciudad les pertenecía porque la habían construido ellos con su esfuerzo, orientado y canalizado desde la administración pero con su presencia esencial y fundamental.

            Esa conciencia de participación colectiva llevaba a compartir vivencias en la proximidad de los barrios que se iban consolidando con el paso del tiempo. Nuevas zonas de la ciudad que se iban incorporando al proceso urbanizador dentro de los planes urbanísticos de crecimiento y desarrollo, con suelos comunes que permitían precios asequibles y razonables para las viviendas y con proyectos compartidos. Es verdad que no todo era tan idílico. Muchas de estas zonas se convertían en espacios marginales con problemas de convivencia y un alto grado de conflictividad social. Algunos de los procesos colectivos dieron pie a la presencia de gestores poco honestos que dejaron a los cooperativistas sin sus viviendas. Pero el resultado global es más que positivo por lo que supuso de solución de los problemas residenciales a precios razonables, por la creación de una conciencia ciudadana que acompañaba a la construcción de la ciudad y por la consolidación de un entramado común de colectivos implicados en la responsabilidad urbana de manera muy activa.

 El abandono de las asociaciones.

            El paso del tiempo fue haciendo perder fuerza a los colectivos vecinales. El desarrollo económico, los nuevos modelos urbanísticos y la situación política fueron convirtiendo los entornos vecinales en lugares de aislamiento y privacidad. Los nuevos barrios nacieron sin conciencia ciudadana, sin espíritu colectivo y tan sólo han sido oportunidades de residencia para ciudadanos con recursos para adquirir sus viviendas. El espacio urbano se ha convertido cada vez más en un espacio segregado en el que las zonas de la ciudad aparecen marcadas como espacios de similares recursos económicos constituyendo un espacio uniforme y cerrado al exterior. La malla urbana se ha convertido en la malla de los recursos, parcelada y con fronteras nada permeables.

            Pero, sin embargo, la realidad asociativa de los barrios sigue siendo un elemento esencial en la organización social y política de la ciudad. Las asociaciones de vecinos que reúnen proximidades físicas, problemas urbanísticos comunes y demandas colectivas deberían ser un camino esencial de participación en la vida política y social de la ciudad. Los ayuntamientos deben potenciar su participación, su actividad y dotarles de los medios necesarios para su desarrollo. Hubo un tiempo, en esta ciudad, en que el ayuntamiento creía en esta participación y en la importancia de ello. Se construyeron centros sociales en Los Ángeles, en el barrio del Pilar, en la zona del padre Ayala, del Perchel… Edificios con espacios para la participación y las actividades culturales y de convivencia. Impulsos desde las concejalías responsables de la actividad de los barrios y apoyo a sus actividades.

El barrio es nuestro

            Pero han llegado tiempos en los que la participación se ve más como peligro que como oportunidad. Actitudes que quieren ser más controladoras que impulsoras de iniciativas. Reglamentos que vuelven atrás los caminos de la participación real. Reivindicaciones que se entienden como críticas negativas y no como aportaciones de los vecinos. Implicaciones que se quieren eliminar porque parecen molestar a una forma autoritaria de ejercer el poder municipal. Los ayuntamientos deben ser uno de los lugares esenciales de la participación democrática por su cercanía, por la proximidad de los problemas y por las posibilidades reales de comunicación, especialmente en una ciudad con la escala que tiene Ciudad Real.

            Una escultura como la que ha realizado el colectivo Todo por la Praxis (Diego Peris, Rafa Turnes, Pablo Galán) en el barrio de Palomeras, en Madrid, es un buen símbolo de la conciencia de propiedad del barrio por parte de sus habitantes, de las necesarias reivindicaciones y sobre todo de la conciencia colectiva de convivencia, de participación y de comunicaciones que el barrio puede y debe ofrecer a sus habitantes. La fábrica de ladrillo, como la de las fachadas de sus viviendas escribe el eslogan “El barrio es nuestro”, un eslogan que debería estar presente en todos los barrios de nuestras ciudades.